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bullet2.JPG (3947 bytes) DATOS PERSONALES
Alain Resnais.
Cineasta francés (Vannes, 1922). Es una de las figuras más influyentes y difíciles de clasificar del cine francés. Llegó a la dirección tras varios años de aprendizaje en la sombra y con el respaldo de una prestigiosa carrera como documentalista.

SOBRE SU VIDA

Su escasa filmografía, sólo nueve títulos, forma, junto con sus ya citados trabajos documentales, algunas colaboraciones amistosas y varios proyectos frustrados, una especie de Atlántida fascinante, en la que siempre se desea volver a sumergirse. Es el artífice de una revolución dentro de la escritura cinematográfica, con muchos puntos en común con la que, anteriormente, habia llevado a cabo Orson Welles en Ciudadano Kane . Su perfeccionismo en la elaboración de los guiones, la localización de los lugares de rodaje, el montaje visual y sonoro de sus obras, no son ejemplos muy frecuentes en la cinematografia. Y por encima de todo como dice Emmanuele Riva --, un modo único "de avanzar en lo desconocido de buscar, de espiar transparencias".

Alain Resnais fue un adolescente enfermizo que, como Proust, vivió durante mucho tiempo en una especie de "enclaustramiento". Desde muy joven se alimentó de cine, literatura y teatro. Ya a la edad de trece años rodaba peliculitas de aficionado con una cámara de 8 mm que había comprado en la calle Pommeraye de Nantes. Sus primeros intentos ( Fantomas, Le meillieur des mondes ) quedaron inacabados, pero daban ya muestras de su inspiración profunda: la anticipación realista, el misterio que surge de lo cotidiano. Sus pasiones de cinéfilo ( La cité foudroyée [Luitz-Morat, 1923] o La sangre de un poeta [J. Cocteau, 1931]) y más tarde las comedias de Sacha Guitry
son tan reveladoras, como sus lecturas de juventud, que van de las leyendas bretonas de Anatole Le Braz, a las populares obras por entregas de Harry Dickinson (que posteriormente intentaría en vano llevar a la pantalla), y de los comics norteamericanos (Mandrake, Brick Bradford, Dick Tracy, etc.) a En busca del tiempo perdido . Al estallar la guerra, se instaló en París, vacilando entre los cursos Simon y el IDHEC, que acababa de ser creado y en el que fue admitido, pasando a formar parte de su primera promoción. Observador paciente, se entregó también a los placeres de la fotografía en 24 x 36. Su gusto por el surrealismo le llevaría a rodar, desde 1945, una segunda serie de películas "privadas", en 16 mm.: Schèma d'une identification (en la que intervenía un joven actor que no era otro que Gérard Philipe ), Ouvert pour cause d'inventaire , L'alcool tue , y "Visites" a pintores (Lucien Coutaud, Félix Labisse, Henri Goetz, Max Ernst...), que fueron el preludio de su verdadera carrera profesional. Ésta se inició en 1948, con una notoria serie de películas sobre el arte, en las que Resnais--siguiendo los métodos del cineasta italiano Luciano Emmer -utiliza la cámara como un medio de investigación privilegiado, para penetrar en el mundo interior del artista, alejándose de los habituales esquemas de la museología. Aunque rodados en blanco y negro, tanto Van Gogh, Gaugin, Guernica, como Les statues meurent aussi (filme sobre el arte negro, realizado en colaboración con Chris Marker), son auténticos modelos de análisis estético y eficacia emocional. Paralelamente, participó como montador en varias películas de sus amigos, Nicole Védrés , Paul Paviot, Agnes Varda
, etc. En 1955, dirigió un conmovedor réquiem sobre el horror de los campos de concentración nazis, Nuit et brouillard , y, al año siguiente Toute la mémoire du monde , exploración de los arcanos de la Biblioteca nacional, repleta de imprevistos y digresiones "borgesianas". Le chant du Styrène , un paseo por las fábricas Péchiney de la mano de un desenvuelto guía llamado Raymond Queneau, puso punto final a esta etapa en 1958.

Con sus efectos de montaje alterno, sus obsesivos travellings hacia adelante y su mirada fija en objetos o lugares insólitos, Resnais habia encontrado su estilo, un estilo que iria puliendo en sus largometrajes que se cuentan entre los de mayor originalidad de la cinematografia contemporánea. El primero fue Hiroshima mon amour (1959), que se convirtió en la "película-antorcha" de la Nouvelle Vague. En ella, se enfrentó a la dificultad de superponer un banal love affair entre una francesa y un japonés a una evocación sin complacencia del apocalipsis nuclear y sus secuelas. Más que por su "escandaloso" tema, la película llama la atención por su comentario salmodiado (obra de Marguerite Duras), la lentitud de su temporalidad y sus "rimas" visuales. Se diría que estamos ante un Eisenstein revisitado por Antonioni con una carga suplementaria de sensibilidad que no debe nada a nadie. El año pasado en Marienbad (1961) marca también una etapa igualmente decisiva, en el sentido de que establece "un juego de formas más fuerte que la propia anécdota", por expreso deseo del cineasta. Su cómplice fue en esta ocasión Alain Robbe-Grillet, a cuyos fantasmas consiguió dar vida Resnais. Más tarde la obra del cineasta se inclinará hacia una reflexión desilusionada sobre las guerras perdidas (Argelia: Muriel, España: La guerra ha terminado, Vietnam: uno de los sketches de Loin du Viét-nam ), con extrañas derivaciones liricas, y después el descubrimiento de universos paralelos
(Te amo, te amo) el discreto encanto de lo retro ( Stavisky), y finalmente los infinitos laberintos de las consideraciones literarias ( Providence, La vie est un roman ) o científicas (Mi tío de América), aprehendidos en cada ocasión con una especie de divertido despego, que no excluia una suntuosa orquestación muy cercana a la ópera. Sin duda la diversidad de sus colaboradores (de Jean Cayrol a Jean Gruault y de Jorge Semprún a David Mercer) puede contribuir a crear una cierta confusión en el espectador, ya muy desconcertado ante esa loca búsqueda de lo imaginario en forma de exorcismo de lo real. Pero Resnais no necesita una gran audiencia: prosigue su camino en solitario. ¿Habría que hablar tal vez, como su exegeta Robert Benayoun, de "la espiral de un humorismo de perdición,? ¿Del "arte de explorar lo invisible"? (Jean de Baroncelli), ¿O, quizá remontarse a Jean Rostand (citado por Gaston Bounore), cuando, al finalizar un examen en profundidad del misterio humano, declara hallarse "en un estado de espantosa incomprensión"? Es preferible ceñirse a las palabras--llenas de modestia--de un autor que nunca dejará de sorprendernos: "Mis películas son un intento aún muy tosco y primitivo de acercamiento a la complejidad del pensamiento, de su mecanismo... Todos tenemos dentro imágenes, cosas que nos determinan y que no son una sucesión lógica de actos perfectamente encadenados. Me parece interesante explorar ese mundo del subsconsciente, desde el punto de vista de la verdad, si no de la moral.


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