Esto no impidió que se convirtiese en una de las figuras dominantes
de la historia del cine italiano; puede ser considerado, incluso, como el artista más
representativo de la evolución del espectáculo cinematográfico transalpino de los años
treinta a los años setenta, hasta ese punto su carrera se adaptó a las contradicciones a
los entusiasmos, a los abandonos o a las oscilaciones de valor que caracterizaron aquella
atormentada época, no fue casualidad que Ettore Scola le dedicara Una mujer y tres
hombres (1974). (El titulo indicado es el de su estreno en España. Posteriormente se ha
repuesto con el de Nos habíamos querido tanto , más parecido al original).
Pasó su infancia en Nápoles y en 1912 se trasladó con su familia a Roma; allí, al
mismo tiempo que cursaba estudios de contabilidad, se fue interesando por el teatro. En
1922 consiguió que lo contrataran como figurante en la compañía de Tatiana Pavlova. En
1927, tras intervenir en las revistas de ZaBum dirigidas por Mario Mattoli , obtuvo sus
primeros éxitos y fue imponiéndose como uno de los actores más apreciados por el
público. En esos años, exceptuando un pequeño papel en El proceso Clemenceau (Il
processo Clemenceau, 1918) de Eduardo Bencivenga, De Sica comenzó también a hacer cine
en películas de Mario Almirante ( La bellezza del mondo , 1926, La compagnia dei matti ,
1928). Pero cuando realmente se convirtió en uno de los actores principales de la época
-sin por ello abandonar las tablas a las que se mantuvo fiel durante mucho tiempo- fue a
principios de los años treinta. Se sentía muy cómodo en las comedias sentimentales que
le permitían manifestar plenamente su simpatía. Le dirigieron numerosos directores
(Negroni, Bragaglia, Righelli, Mattoli, Malasomma, Mastroncinque, Genina, Gallone,
Matarazzo, Cottafavi para la admirable I nostri sogni , 1943), pero sobre todo Amleto
Palermi que le dio sus mejores papeles: La vechia signora (1932), La segretaria per tutti
(1933)- Nápoles de otros tiempos (Napoli d'altri tempi, 1938); Partir (Partire, id.) Le
due madri (id.); Napoli che non muore (1939); La peccatrice (1940). Sin olvidar a Mario
Camerini: ¡Qué sinverguenzas son los hombres! (1932); Daro un millone (1935); Pero no es
una cosa seria (1936); Bajo aristocrático disfraz (1937); Grandes almacenes (1939). El
público le admiraba, y De Sica habria podido continuar una gran carrera de actor, no
obstante le atraia el otro lado de la cámara: en 1939 rodó su primera película como
director ( Rosas escarlatas [Rose scarlatte]). Entonces comenzó un período de madurez
progresiva ( Magdalena, cero en conducta [Maddalena zero in condotta], 1940; Nacida en
viernes [Teresa Venerdi], 1941; Recuerdo de amor [Un garibaldino al convento], 1942) que
le condujo a realizar su primera película importante, I bambini ci guardano en 1944, es
decir, en plena guerra. Esta película significó, por un lado el punto de partida de una
de las colaboraciones más fecundas entre un director y un guionista, Cesare Zavattini , y
por otro anunciaba claramente el movimiento neorrealista . Tras una obra de circunstancias
realizada durante el invierno de 1943-44 para evitar ir a Alemania ( La puerta del cielo
[La porta del cielo]), De Sica afrontó los años de la posguerra con el profundo deseo de
participar en la reconstrucción del cine italiano. Entonces, ininterrumpidamente rodó El
limpiabotas (Sciuscia 1946) Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948), Milagro en
Milán (Miracolo a Milano 1951), Umberto D (1952). En esas cuatro películas (siempre con
la colaboración de Zavattini), dibujó uno de los retratos más exactos de la Italia de
posguerra, un retrato en el que el sentimentalismo no alteraba la precisión del
testimonio social y en el que la elección ideológica que emanaba del humanismo no
ocultaba una poderosa reivindicación. Los niños abandonados de El limpiabotas, el parado
de El ladrón de bicicletas, los miserables de Milagro en Milán, el jubilado de Umberlo D
representaban la búsqueda de un mundo en el que la injusticia social fuese abolida. A
partir de Estación Termini (Stazione Termini, 1953), De Sica entró en un período de
decadencia en el que alternaría trabajos personales con obras de encargo, siendo estas
últimas las más numerosas. Dicho esto, la crítica, que frecuentemente no vio en el De
Sica de después de 1953 más que un cineasta de segunda fila, puede haberse equivocado.
Si dejamos algunas películas de lado hay otras que manifiestan una voluntad creadora
chocando constantemente con la resistencia de una profesión que tiene del cine un punto
de vista puramente comercial. De esta manera, obras como El techo (Il letto, 1956) un
intento de volver al neorrealismo , Dos mujeres (La ciociara, 1960), La lotería (La
riffa, episodio de Boccaccio 70 [Boccaccio 70], 1962), Ayer, hoy y mañana (leri, oggi e
domani, 1963) Los girasoles (I girasoli, 1970), ¿Y cuándo llegará Andrés? (Lo
chiameremo Andrea, 1972), Amargo despertar (Una breve vacanza, 1973), El viaje (Il
viaggio, 1974) no merecen caer en el olvido y contienen momentos del mejor De Sica. Por
otra parte, entre las películas realizadas después de 1953, El oro de Nápoles, (L'oro
di Napoli, 1954) Juicio universal (Il giudizio universale, 1961) El especulador (Il boom,
1963), El jardín de los Finzi-Contini (Il giardino dei Finzi Contini, 1970) muestran en
qué medida su talento sigue siendo real y diverso y confirman la impresión de que con un
poco más de independencia el cineasta habría podido mantenerse fiel a su reputación. En
particular Juicio universal aplastada por la critica, es una obra esencial, en la que De
Sica fue muy lejos en su intento unanimista. Desde 1945 simultaneó sus realizaciones con
su carrera de actor elegante, con clase, maduro: hubo películas mediocres pero también
alguna de buena factura (con Blasetti, Emmer, Comencini, Risi) y obras importantes (
Madame De... de Max Ophuls, 1953; El general de la Rovere , R. Rossellini, 1959), en las
que siempre impuso su personalidad.
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