| Estamos acostumbrados a hablar de la
"crisis del cine mexicano" refiriéndonos exclusivamente a los años setenta y
ochenta. Sin embargo, la tan llevada y traída crisis se inició varios años atrás. A fines de los cincuenta, la crisis del cine mexicano no era sólo advertible
para quienes conocían sus problemas económicos: el tono mismo de un cine cansado,
rutinario y vulgar, carente de inventiva e imaginación evidenciaba el fin de una época
(García Riera, 1986: 221).
El mundo cambiaba y con ello el cine que se hacía en otros
países. La eliminación de la censura en Estados Unidos permitía un tratamiento más
audaz y realista de muchos temas. En Francia, una joven generación de cineastas educados
en la crítica cinematográfica iniciaba el movimiento de la nueva ola. En Italia, el
neorrealismo había afirmado la carrera de varios cineastas. El cine sueco hacía su
aparición con Bergman, al mismo tiempo que en Japón surgía Akira Kurosawa.
El cine mexicano, por su parte, se había estancado por líos
burocráticos y sindicales. La producción se concentraba en pocas manos, y la posibilidad
de ver surgir a nuevos cineastas era casi imposible, debido a las dificultades impuestas
por la sección de directores del STPC. Tres de los estudios de cine más importantes
desaparecieron entre 1957 y 1958: Tepeyac, Clasa Films y Azteca.
También en 1958, la Academia Mexicana de Ciencias y Artes
Cinematográficas decidió descontinuar la práctica de entregar el premio Ariel a lo
mejor del cine nacional. El Ariel había sido instituido en 1946, y su cancelación
subrayaba el estado de crisis de la industria.
Al hacer del cine un asunto de interés nacional el gobierno
mexicano, sin saberlo, estaba cavando la tumba de esta industria. En 1960, cuando el
gobierno de Adolfo López Mateos compró las salas de Operadora de Teatros y de la Cadena
de Oro -desbaratando así el monopolio de Jenkins- la etapa final de la producción
cinematográfica quedó bajo control del Estado.
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